Amasar dinero y follarse todo lo que se moviera, ya que incluso tuvo su época de indecisión, en la que hizo a pelo y a pluma, todo ello jalonado de borracheras sin fin, en compañía de sus amigotes de toda la vida. Más o menos a éso ha dedicado su vida, desde que un buen día mandó los libros a la mierda y se puso a trabajar, siempre en precario, pero obteniendo por ello pingües beneficios.
Encontró su acomodo en el mundo de la construcción. Pintor, albañil, fontanero, soldador y solador, electricista, cristalero; vamos que él solito es capaz de construirse una casa. Tan es así que tiene una pequeña empresa constructora, en la que igual tira de llana que de talocha. Los ordenadores le dan yu-ýu y de esas cuestiones se encarga su hijo. Este es al revés que el padre. Es un virguero con los ordenadores, lo que haga falta, con tal de no coger una herramienta de las de verdad.

Este hombre, inculto es un rato; confunde indiferente con inverosímil, para demostrar que sabe decir palabras raras, y en una ocasión me comentó que una clienta se había puesto hecha una basílica ante una subida en un presupuesto. Será basilisca, me dije para mis adentros, pero no comenté nada; da no sé qué decirle a un paisano con traje de a 1500€ que no tiene ni puta idea de hablar.
Como es natural, además de que no se puede esperar más de personas así, obedece punto por punto al estereotipo de lo que debe ser una persona formal, es decir, está casado, tiene dos hijos -chico y chica-, vive en un chalet inmenso con una parcela inmensa, tiene dos coches -la mujer y el chico también tienen el suyo-, el Audi y un 4×4, y además, tiene unos cuernos que ostenta con cierta dignidad. Al fin y al cabo él también le es infiel a su mujer. Los dos lo saben. Todo el mundo la sabe. Una cosa es lo que diga la Santa Madre Iglesia, y otra muy diferente los inescrutables destinos que la vida nos depara. Se casó siéndole infiel a su novia y ella, el mismo día que se convertía en su mujer, le devolvía -por primera vez- la pelota, follándose al botones que llevó el champán a la habitación del hotel donde pasaron la noche de bodas, mientras que su recién maridado se quedaba dormido en la bañera con una señora borrachera.
Sin embargo este hombre, teniendo todo lo que quiere, y más, porque los cuernos no los quiere, pero los admite como mal menor que sirve para justificar su propia infidelidad, este hombre, digo, siente auténtica admiración por uno de sus más antiguos amigos y quizás el más raro de todos ellos.
Es el único de sus amigos que nunca ha ido de putas; el único que no le es infiel a su compañera; el único que no bebe alcohol, pero que se pone de porros hasta las trancas, todo hay que decirlo; el único al que no le gusta el fútbol, ni el baloncesto, ni nigún deporte; en fin, un tío un poco raro dentro de una pandilla de machotes al hispánico modo. El colmo de las rarezas de este personaje, reside en el hecho de que nunca en su vida ha firmado una hipoteca ya que siempre ha vivido en casas alquiladas. Pagar un coche en 8 años es la máxima deuda que es capaz de asumir sobre sus espaldas. Normal por otra arte, si pensamos que tiene un sueldo más bien tirando a bajo y, como el mismo dice, ni falta que me hace más. Bueno, esto no deja de ser una chulería, porque cada vez que actualizando la cartilla de ahorros se percata de que le han subido la pensión, da palmas con las orejas. Siempre ha trabajado lo estrictamente necesario para vivir al día. Así le pasa que cualquier gasto imprevisto conlleva la puesta en marcha de la máquina de dar sablazos, sablazos que amortiza a la máxima brevedad posible, osea, jodidamente.
Lo que no sabe el protagonista de esta historia es que su amigo también le admira a él, ya que después de tantos años de amistad, todavía no se explica cómo el zote más zote de todos los zotes, ha sido capaz de medrar en la sociedad para conseguir vivir como vive, cuando la explicación es bien sencilla: mientras uno tuvo como prioridad vital la consecución de dinero a cualquier precio trabajando de sol a sol, el otro se conformó con vivir sin complicaciones disfrutando de su tiempo libre para, en muchas ocasiones, no hacer nada de nada.
Hoy, estos dos hombres, que últimamente apenas si se veían en las fiestas patronales del pueblo, que se conocían pero que ya casi ni se saludaban salvo con un leve gesto de sus miradas, han visto unidos sus destinos en un fatal incidente. Por lo escabroso de los pormenores, además de por lo prolijo de la enumeración de todos los detalles, que a buen seguro vulneraría la intimidad de sus protagonistas, aquí debo interrumpir mi narración. Sólo hace falta un poquito de imaginación, para saber lo que pasó.
Y aun hay quién dice que la vida es bella… porca miseria.